Es la época
Columna publicada el domingo 20 de diciembre de 1998 en El San Juan Star

Dado que las Navidades no son lo que se supone que sean, hay gente que se preocupa un poco en estos días. Yo soy uno de esos. Antes, como que eran días más bonitos.

Hace mucho tiempo, siglos atrás, cuando la gente dependía deveras de la tierra, todos estaban en sintonía con las estaciones del año. Había un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar. Había épocas frías y épocas cálidas. Había épocas de lluvia y épocas de sequía. Había la época de sacrificar animales. La gente sabía que las noches se pondrían más largas y los días más cortos. La tierra no era muy generosa en días cortos. No sabían nada de fotosíntesis, pero sí sabían que el sol ayudaba a crecer las plantas. Las noches más largas eran más tristes. Poco sol, poco alimento. Además, hacía más frío.

Pero, albricias, ésto habría de cambiar. La tristeza cedería. En algún momento, las noches se tornarían más cortas y los días más largos, y la tierra reverdecería y habría de comer, y se volvería a sentir el calor del sol. El giro de la tristeza a la alegría estaba en el cielo. Y era tan predecible que se le podía poner fecha: diciembre 21 o 22, o el Solsticio de Invierno: el renacimiento del sol. Hay un Solsticio de Verano el 21 o 22 de junio también, pero como casi todos vivían en el hemisferio norte, se celebraba el de invierno. Esta era la fiesta pagana de la fertilidad de la Madre Tierra.

Hubo una vez un censo. Un emperador Romano llamado Gaius Octavius, mejor conocido como Augusto, dispuso que se contaran todos sus súbditos. Asuntos de impuestos y cosas así. Dos de sus súbditos, un carpintero llamado José y su jovencita esposa María tuvieron que viajar desde Nazaret hasta Belén de Judá para ser contados. A propósito, los cotejos para el estado se llaman estadísticas. Se dice que esta fue la primera estadística.

María, que estaba en cinta, dió a luz en Belén. Su hijito se llamó Jesús. Poco después del nacimiento, fueron visitados por tres hombres muy raros. Estos señores de paso habían visitado al Rey Herodes de Judá, y le advirtieron a los padres de Jesús que su nacimiento había ganado cierta notoriedad y que la vida del bebé corría peligro. Los padres decidieron entonces regresar a Nazaret por vía de Egipto, un desvío un poco incómodo, para proteger al niño.

Jesús creció e hizo maravillas. Siendo un personaje popular y carismático, se le veía como una amenaza a los gobernantes de la región. Pensaban que cuando el hablaba de liberación se refería a liberarse del Imperio Romano, y lo consideraron subversivo. Lo condenaron a muerte. El que estuviera muerto sólo trés días es el hecho más importante y más convincente para que se le considerara un ser divino: el hijo de Dios. Sus enseñanzas y su juego de valores persisten hasta hoy, y se les consideran cardinales respecto a la conducta humana –la única conducta humana– que lleva al amor entre todos. Algunos no conocen esas enseñanzas, o no les hacen caso.

Además de ésto, Jesús representa el giro histórico entre la desesperanza y la fe; entre las tinieblas y la luz del espíritu. No nos debe sorprender entonces que el mundo cristiano haya adoptado la fiesta pagana del renacer –el Solsticio de Invierno– para conmemorar su venida. El Solsticio es el 21 o 22 de diciembre, y la Navidad es el 25, pero no porque Jesús haya nacido literalmente ese día. Bástenos con pensar que ese día representa el giro del alma y el nacimiento de la luz, y no nos sorprenda el que hayamos adoptado esa fecha para conmemorar el día más importante del Cristianismo.

Pero las Navidades no son como eran antes. Por eso a algunos nos acongojan estos días. Estos son los días de la algarabía obligada, del jolgorio obligado, de la contentura obligada, de la bebelata obligada, de la comelata obligada, de la trasnochada obligada, y de las compras obligadas. Es como el comer frenético de los tiburones. Se traen miles de arbolitos exóticos y se adornan con todo menos símbolos de lo que la temporada significa. Mi gente, de lo que se trata es de amor. ¿Por qué nos sentimos tan incómodos y nos resulta tan extraño el que se hable de amor? Amor por su cónyuge, amor por sus hijos, amor por sus amistades, amor por sus enemistades, sí, y amor por sus adversarios políticos, que para algunos son lo más despreciable sobre la faz de la tierra, y no pensamos que todos somos adversarios políticos de alguien. En vez de gastar tanto en regalos a los que no se le va a hacer mucho caso, ¿por qué no regalamos amor, y besos, y abrazos, a apretones, caricias? ¿Por qué es tan difícil el amor? ¿Por qué es tan difícil disculparse y pedir perdón? Nacarile. Muy costoso para el ego.

Ah, y claro que Santa Clós no es de aquí. Pero no nos tenemos que poner chauvinistas ni políticamente patrióticos con las Navidades sólo porque Santa sea importado. Después de todo, los Tres Santos Reyes son importados también. Sólo celebramos que visitaron al Niño Jesús llevándole regalos; regalos al giro de la humanidad de la tristeza a la luz.

Ya el sitio de reunión en las Navidades no es en casa de los padres ni en casa del abuelo. Ni siquiera en las iglesias. El sitio de reunión en las Navidades es el centro comercial. Quizás así es como debe ser. Después de todo, no tenemos iglesias tan grandes como los centros comerciales, lo que no habla muy bien de nosotros.

Sea como sea, cariños y felicidades para todos.

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Dr. Máximo Cerame-Vivas
mjcerame@mjcv.com
Updated: 9/30/2002