Enjuiciando a dos líderes
Columna publicada el domingo 6 de diciembre de 1998 en El San Juan Star

Somos testigos de acontecimientos muy interesantes. Estamos viendo cómo grandes lideres están siendo confrontados para que respondan por sus actos. Por un lado tenemos a un… sí, ¿por que no...? a un dictador, de esos que se creen que se pueden salir con la suya, incluyendo asesinato, que está siendo acusado de eso mismo, de asesinato… múltiple. De eso que se llama genocidio. Resulta más interesante aún el precedente que ésto sienta. Si todo ésto cuaja, entraremos en una época donde un país pueda acusar a un líder de otro, enjuiciarlo, e imponerle castigo. Ahora los líderes que se sentían seguros en sus casas, y que creían que sólo bastaba con reprimir y atropellar a los suyos, comenzarán a asomarse por la ventana. Y no bastará con permanecer encerrado en casa. Recuerde lo que le pasó a Manuel Antonio Noriega y Morena en su propio domicilio. Fuimos a Panamá a buscarlo para darle un paseíto en helicóptero.

Pues bien, Augusto Pinochet, el ya maduro aficionado a la vanagloria y la ceremonia, tenía dolor de espalda y se marchó a Londres a curarse. Allí los españoles reclamaron que se arrestara. Los chilenos querían que regresara a Chile. Los estadounidenses le ofrecieron a España el divulgar documentos secretos que fortalecerían su caso. Pinochet acabará, o de vuelta a Chile bajo el tan malusado amparo de inmunidad diplomática, o ante un tribunal español; puesto allí por los ingleses; encarando evidencia estadounidense; respondiendo a eventos ocurridos en Chile; contra ciudadanos españoles. Los franceses también quieren intervenir. Y también los chilenos. Mejor se hubiera quedado en casa tomando aspirina. Si televisan su juicio, tendrá mejor teleaudiencia que la Copa Mundial. No me imagino lo que puedan estar pensando otros Líderes que se sientan seguros en su casa, como Fidel Castro, o los que estén fugados, como Carlos Salinas de Gortari. Noriega pensará que él ya pasó por todo eso.

Por el otro lado tenemos a otro líder a quien se le está enjuiciando por mentir respecto a un vaciloncito: perjurio por malversación sexual. Claro que hay un standard universal sobre perjurio. Perjurio es perjurio. Pero en el mundo de la comedia debe haber diferencias entre perjurio respecto a asesinato, perjurio respecto a malversación de fondos, o perjurio respecto a malversación sensual. El Presidente Clinton, quien parece tener más tiempo para el deporte de lo que yo pensaba, cayó en un bretecito con una joven y provocó la investigación más costosa y prolongada desde Watergate. Para los muy jóvenes, Watergate era respecto a crímenes para hacer política sucia.

Lo interesante del vaciloncito del presidente es que ha desviado la estrategia de la Comisión de lo Jurídico de la Cámara, la cual va a masetear a Clinton de una manera o de otra. Ahora no es investigar la dinámica consentida entre dos adultos de sexos opuestos, ni cómo se mintió para ocultarlo, sino el manejo de fondos de campaña. Y de ésto ellos sí saben.

Les tengo que a confiar un secreto. Hay categorías de pecado, claro! Una mentira es una mentira, claro! Perjurio es perjurio, claro! Pero hay roles en la vida que nos inmunizan del pecado, como una presidencia, una gobernación, ser legislador, o ser alcalde. Les puedo asegurar que el primer paso hacia la canonización es el ocupar un puesto electivo. Después de ser elegido, los hombres ya no miran a las mujeres. La codicia cesa tras la ceremonia inaugural. Los elegidos se santifican al ser electos. ¡Sí Pepe! ¡Ojalá! El decir que Clinton debe ser santo por ser presidente es tan ilusorio como las iglesias que predican perfección a pecadores imperfectos. Mejor debían predicar cómo salvarse a pesar de ser imperfectos. El pecado no es un crimen, ni todos los pecadores son criminales. ¡Claro que la Comisión de lo Jurídico quisiera rebuscar en lo de fondos de campaña! El uso ilegal de esos fondos sí podría ser un crimen, y el crimen se comprende mejor que el pecado. Ellos no pueden residenciar a un presidente por sus pecados, pero sí lo pueden residenciar por algún crimen.

A Augusto Pinochet se le quiere enjuiciar por crímenes. A William Clinton se le quiere enjuiciar por pecados. No son lo mismo. Nadie está por encima de la ley en cuanto a crímenes. Pero a nadie debe considerársele como un criminal por haber pecado. La secuela del pecado es el avergonzarse. La secuela de la verguenza es el no querer admitir el pecado. Cualquier interrogatorio astuto puede atrapar al quien quiera negar un pecado. Y el negar un pecado sí se puede convertir en un crimen –perjurio– y entonces nos agarran por… lo que nos indujo al pecado.

Si mal no recuerdo, alguien dijo, hace mucho tiempo, "Aquel que no tenga pecado, que tire la primera piedra." Dijo pecado, no dijo crimen.

Por favor, ya lo de Clinton y Mónica cansa. Sigamos con el resto de nuestras vidas. Al criminal, que lo enjuicien. Al pecador, que se vaya a confesar.

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Dr. Máximo Cerame-Vivas
mjcerame@mjcv.com
Updated: 9/30/2002