Querido Gustavo Candelas: es culpa tuya
Columna publicada el domingo 5 de julio de 1998 en El San Juan StarQuerido Gustavo Candelas:
Siento mucho haberme perdido la reciente graduación en la UPR donde se te confirió un doctorado honoris causa. Me hubiera gustado estar allí no tanto como claustral ni como miembro del Consejo de Educación Superior, sino como discípulo tuyo. Tu fuiste mi primer maestro de ecología, y fuiste tu quien me interesó en las ciencias marinas. Tu has sido el primer ecólogo puertorriqueño. Han habido excelentes naturalistas boricuas antes que tu, pero tu fuiste el primero en adoctorarte en ecología. Recuerdo claramente cuando viniste a casa a tomar prestado el abrigo de invierno de mi tío Jorge para irte a Minnesota a sufrir los exámenes doctorales y hacer la defensa de tesis de tu disertación sobre el plankton de agua dulce de Puerto Rico.
A mí se me había aceptado en la Universidad de Minnesota para hacer estudios graduados en algo completamente distinto: en fisiología humana. Solicité a Minnesota porque tu te habías graduado de allí. Pero cuando el entonces jefe de departamento Carlos García Benítez me ofreció la plaza de instructor en Biología, me sugirió que pospusiera mis estudios graduados yo era lo suficientemente joven para poder esperar, decía él y que me fuera a La Parguera a tomar el curso de biología marina que tu y Graciela ofrecerían por primera vez en Puerto Rico ese verano. Tu curso me redondearía y me pondría al día. Tomé el curso y fue allí y entonces donde decidí ser biólogo marino. Culpa tuya. Eso fue en 1957.
Ese verano nos pusiste ante figuras tales como el renombrado oceanógrafo Robert E. Coker, el descubridor de la cloromicetina y afamado microbiólogo marino Paul Burkholder, el prominente botánico marino Sven Zaneveld, el especialista en invertebrados marinos Norman Mattox, y a pilares locales tales como el fundador y director del Instituto de Biología Marina Juan Rivero, el botánico marino Luis R. Almodovar, y el prometedor planktólogo Gerardo González. Recuerdo claramente los bellos caracoles marinos que tenía el Dr. Rivero en su coffee table , así como los vistosísimos zapatos de tela en diseños de colores que usaba para caminar en el agua. Luego nos presentaste al ecólogo teórico y matemático Ramón Margalef, con quien estuviste varias temporadas en su laboratorio en Barcelona.
Durante los próximos dos años, ya tu siendo jefe de departamento, traíste a la UPR sin reparo ni miramientos a los mejores científicos que conocías. Para nombrar sólo a algunos, menciono al embriólogo Nelson Spratt, al ecólogo de plantas Pierre Dansereau, y al fisiólogo celular Burr Steinbach. Un día, paseando por la isla con Burr y Susie Steinbach, nos topamos con un fuego en un cañaveral. La preocupación de Steinbach no era ni el fuego ni la pérdida de la caña, sino el sodio y el potasio que se estaban perdiendo a la atmósfera como consecuencia de ello.
También traíste dos científicos que conociste cuando tu y Graciela estaban en Duke: al especialista en embriología comparada Edward Horn y al botánico marino Harold Humm. Por gestión de estos amigos tuyos, estudié en Duke. También fue culpa tuya.
Recuerdo cuando comenzaste a interesarte en los manglares como ecosistema y en aprender más de ellos. Al menos dos discípulos tuyos se especializaron en la ecología de manglares. Que hoy se considere tanto a los manglares y que se haya sentado política pública para protegerlos también es culpa tuya. Recuerdo también el interés que desarrollaste por estudiar las praderas de yerba marina. Lo mismo. No he conocido un ecólogo con intereses tan amplios como los tuyos ni que haya sido tan influyente. Para álguien que inicialmente se interesó en plankton de agua dulce, luego te interesaste en la naturaleza entera.
Y hablando de itereses diversos, siempre hacías en clase comentarios sobre algún libro que habías leído, o alguna obra de teatro o comedia musical que viste en Nueva York, o alguna anécdota sobre algún poeta o artista amigo tuyo. Tu amistad con Julio Rosado del Valle inspiró a éste a plasmar su serie de dibujos de saltamontes. Un día lo llevaste a meterse al agua en Las Cabezas de San Juan, donde Julio se hirió con un coral. Hay un cuadro famoso de Rosado del Valle de ese paraje marino y un poco de su sangre. Culpa tuya también. Tu colección privada de cuadros será algún día codiciada por algún museo. Ah, si, y tu interés por la música. ¿Te has perdido algún concierto del Festival Casals en los últimos cuarenta y dos años? ¿O alguna ópera?
Quizás en Minnesota no sospechabas la prominencia que adquiriría la ecología, o quizás sí. Me imagino que tendrás algún reparo cuando notas cómo la ecología está siendo torcida, distorsionada, politizada, macaneada, manipulada, falsificada y comercializada como está hoy. Pero siempre te has mantenido tranquilo y ecuánime. Recuerdo que decían que tu naciste debidamente Ecuanilizado. No te has montado en ninguno de los movimientos ambientalistas. Te has mantenido siempre elegantemente el maestro, el ecólogo, el científico, el árbitro.
Como consejero y consultor, has asesorado a agencias gubernamentales, a instituciones académicas, a proyectistas, a cuantos te han solicitado ayuda. Pero más que nada, le has dado a estudiantes. Si menciono a los discípulos tuyos que se han convertido en prominentes ecólogos, médicos o científicos, la lista no cabría en esta página. Como investigador, siempre promoviste la investigación. Cuando fuiste jefe de departamento, fuiste generoso con todos los investigadores menos contigo.
Gustavo, lamento haberme perdido la ceremonia de tu honoris causa. Sin embargo, nunca me perdí una de tus clases. Te agradezco el que hayas sido mi maestro. Puerto Rico te agradece que seas ecólogo. El mundo te agradece que seas científico.
Quizás yo tenga la oportunidad de ir a la ceremonia en que se instituya la Cátedra de Ecología Gustavo Candelas algún día, o a la instalación del primer Catedrático Gustavo Candelas.