Los años no se pueden detener ni revivir… sólo recordar
Columna publicada el domingo 3 de enero de 1999 en El San Juan Star

En esto de la cosmología, los años siguen fluyendo. Como el agua. No se pueden detener y no se pueden revivir. Sólo se pueden recordar. Y, mi pana, cuando usted llega a tener mis años, hay mucho que recordar. Recuerdo que nací en la Clínica Pereira Leal, frente a la UPR. Es más, fue adquirida por la UPR y formó parte del recinto. Yo viví frente a la Universidad, al cruzar Ponce de León, y frente al Pensionado Católico al cruzar la Avenida Universidad, en la segunda casa después de la esquina. En la esquina vivían los García Fortuño, dos de los cuales eran dentistas. La servidumbre que es hoy Avenida Gándara era el límite de la civilización. Detrás había sólo campo verde y, a la distancia, el Presidio en el horizonte. Esa servidumbre era la vía del tren. Mi abuelito me llevaba a la vía todas las tardes a ver pasar el tren. Era un educador. Le decían Mr. Vivas. Murió de cáncer cuando yo era muy pequeño.

Recuerdo la Torre de la Universidad sin los relojes. Sólo con los cuatro grandes boquetes. Recuerdo con cariño la Escuela Modelo. Estaba donde está hoy el Facundo Bueso, en el portón sur. Miss Monse era la maestra más chula. Luego fundó su propia escuela, la Josefita Monserrate Sellés. Al cruzar de La Modelo había una casa de madera donde vivía el guardavías. Cada vez que iba a pasar el tren bajaba las agujas sobre la Ponce de León, y cuando el tren pasaba, las levantaba. Uno de sus hijos era amigo mío. Era alto y flaco. Creció para ser estrella del baloncesto y prominente abogado. Se llama Johnny Báez.

Más allá de la vía comenzaron a construir casas. Se llamaba Santa Rita. Muchos profesores se mudaron allí. Recuerdo algunos. Manrique Cabrera se detenía a darme chiste en las tardes de regreso a su casa. Inés Mendoza a veces se detenía a conversar con mi mamá. Margot Arce tenía el rostro más lindo de todo el vecindario y su marido, Compostela, tenía un afán especial por esculpir pinguinos. Margot y Compostela vivían al lado de acá de la vía. Mi vecino del patio trasero era Bobby Sackett, hijo de un profesor de inglés altísimo. Su mamá era escultora y cada año esculpía una cabeza de Bobby. La secuencia de cabezas parecía uno de esos despliegues evolutivos que yo vería después en museos y que me recordaría a Darwin. Todos vivían en un edificio que era recidencia de facultad. Vivían también allí los Richardson y los Arce. En el sótano vivían las enfermeras del hospital donde yo nací.

Ah, sí, la fábrica de muebles! Era de los Margarida, que eran vecinos y parientes de los Iturregui. A la entrada de la fábrica vivía Miguel Angel Santana, profesor de francés y quien decidía en gran medida cuáles estudiantes de premédica entraban a la Escuela de Medicina. En una casita pequeña de dos pisos vivía Mrs. Marchand, la mamá de Papolo y de Enio. Papolo hoy es mejor conocido como el licenciado Graciani Miranda Marchand. Todavía lo recuerdo llorando el día que una guagua le pasó por encima de un pié.

En la próxima esquina vivían los Cuerda a un lado y los Monserrate en el otro. Los Cuerda eran inmensos. Don Tomás, el patriarca, era el modelo a emular. Trabajador incansable, recio, recto, pero el alma más considerada, generosa y tierna del barrio. Su hijo Luis José, mi amigo Luichi, tenía tremendo modelo que superar, lo que ha logrado con creces en la vida, en la ingeniería, en negocios y en el deporte. Hoy Luichi es Mr. Bowling en Puerto Rico.

Los Monserrate eran otro cantar. Todos eran prominentes profesionales. Fernando, médico, era un verdadero artista y sentía pasión por las artes. Dirigía Servicios Médicos Estudiantiles en la UPR. Luisa Matienzo, prominente modista, era parte de esa familia y era la mamá de Johnny, Víctor, –compañero mío que murió prematuramente–, y Quinito, que era supertravieso. A Quinito se le conoce mejor hoy como Joaquín Monserrate Matienzo, prominente abogado criminalista, respetado postulante en Corte Federal, y amante del beisbol.

Los Pagán vivían al lado de los Monserrate. Eran un millón. Héctor era parte de nuestro grupo. El evento de la avenida fue cuando uno de ellos llegó héroe de la Segunda Guerra Mundial, todo uniformado y condecorado. Entonces estaba Doña Rita y el Dr. Córdova. Dr. Rafael Córdova Marques era El profesor de microbiología y tecnología médica, y fue maestro mío. Recuerdo que una vez me quedé encerrado en su baño y grité a más no poder: mi primer encuentro con el pánico. Allí mismo fue luego la Casa Capitular de la ABX.

Sí, esa era la claque de la Avenida Universidad.

Había una finca detrás de la vía. Doña Consuelo era la matriarca. El terreno –González– cedió ante las presiones de desarrollo que imponía una universidad creciente. Por detrás pasaron una carretera, la más recta y mejor del pueblo. Le llamaron La Militar. Era el mejor tramo para de veras "puyar" el carro y hacer carreras. Hoy es Muñoz Rivera.

Detrás de La Militar surgió Hyde Park y Baldrich. Entre Hyde Park, Baldrich y La Militar había el peor arrabal del área. Se llamaba El Monte. Que se pudieran reubicar esas familias y desarrollar lo que hay allí hoy sigue siendo un milagro de renovación urbana que comparte honores con la eliminación de El Fanguito que ocupaba las riberas del Caño de Martín Peña.

Una quebrada inmunda cruzaba por El Monte y, cuando se inundaba, no había paso entre Baldrich y Hyde Park. La quebrada pasaba por detrás de la casa de Gilberto Concepción de Gracia. Yo recogía guppies en esa quebrada.

Que tengan un fabuloso 1999.

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Dr. Máximo Cerame-Vivas
mjcerame@mjcv.com
Updated: 9/30/2002